VÍCTIMAS DE REPRESENTAR VÍCTIMAS

Victims of representing victims

 Por: Mishell Castaño

Estudiante de Artes Plásticas | Universidad de Caldas

angie.11613207@ucaldas.edu.co

Infinitos son los debates que se irguen sobre las palabras arte y política, bajo la pregunta de si debería o no el arte ser político o si inevitablemente lo es. Sin querer detenerme en ninguna de estas premisas y usarlas para formar una nueva sobre estos temas, creo que es preciso cuestionarse sobre las formas que adquiere el recuerdo y la memoria en la realidad colombiana. Pretendo generar un ejercicio de reflexión y ofrecer una perspectiva dentro del actual posconflicto. Teniendo presente el auge de las artes y su compromiso con la transmisión del pasado en las diferentes vertientes que éste momento histórico genera, en su exploración de la violencia, la memoria, la reconciliación, el olvido y ¿cómo no? el futuro.

Las palabras arte y política pueden tener un vínculo en cuanto están inmersas en una realidad social, un juego (ludus) de presentación-representación (como el que llevaban a cabo los efebos espartanos ante la ciudad, que con los ojos de quien observa algo totalmente nuevo, disfrutaba de la precisa representación de ella misma). Puede argumentarse que todo arte es político porque contiene acotaciones sobre el mundo y también en su evolución ha estado marcado por la apropiación y la contrapropuesta a las imágenes de dominación, una vena subversiva acompaña las luchas sociales desde la manifestación plástica, aun así como paradoja propia de una tragicomedia, las artes comprenden lo difícil que es desenmascarar la mentira, cuando la ley que los gobierna es la que dirige el actuar del mentiroso, comparto con Jacques Ranciére sus comentarios en los Paradigmas del arte político, cuando afirma que la diversidad y la masificación de las técnicas y estrategias de las obras que se politizan demuestran una incertidumbre sobre lo que es la política y la finalidad del arte.


La memoria, por ejemplo, parece un campo de oportunidades para la creación artística en un momento donde se necesita desafiar las historias oficiales, esa amnesia plantada y manejada hace décadas por las instituciones desde las tácticas del olvido y la implantación de verdades. Las artes (desde su peculiar adaptación de los hechos) se convierten en una imagen que entreteje o divide relatos, sea de manera individual o colectiva ¿Por qué la frenética respuesta por parte del arte al actual proceso de paz y al posconflicto?, si somos lo que representamos, ¿tanto repinte sobre la misma línea no nos pone en un eterno bucle? es lo que me pregunto ajena en gran parte a lo que la violencia significa para otras personas que sufren de este ejercicio ¿Por qué el afán de trascender estos hechos desde museos de la memoria?

La construcción simbólica del pasado se articula con las necesidades del presente y permite visualizar un futuro. En ocasiones somos selectivos, decidimos olvidar, suprimir o transformar lo ya ocurrido. Rememorar el tiempo en movimiento (ayer, hoy, ahora o mañana) solo puede ser un acto subjetivo e individual, cargado de millones de circunstancias y diferencias, aunque este acto se basen en la empatía y el dolor común, en un escenario como lo es un país, no puede medir su “realidad” desde una verdad o una historia oficial. Creo entonces que el artista no tiene la obligación de participar en la construcción de las memorias sociales, por lo menos no pretendiendo ofrecer una verdad detrás de una serie de hechos, ni imponiendo modelos de arte político. No tiene sentido entregar mensajes buscando cambiar modos de hacer y sentir inscritos en la cultura, porque el relato de la violencia es singular, por lo tanto, la memoria depende de la imagen que el autor figure y cómo se articula al cúmulo de narrativas que saturan el actual panorama Colombiano.

El arte legitima mentiras, mientras las cuenta con verdades, pienso que llamarlo político ya no puede ser la acción de derramar sobre la esfera pública un cúmulo de “bellas” películas con moralidades utópicas o por el contrario la reafirmación del dolor televisado y los sueños narcotizados. No se necesitan homenajes momentáneos y “solidaridades” amarillista, de esas que se siente hoy y que se pierden ante la nueva catástrofe del mañana. No se necesitan esas expresiones culturales estetizadas y frívolas que responden a una temática popular sin mayor investigación, sin una mirada crítica más allá de la representación artística. No se trata ahora de rendir culto o de facilitar a los ojos morbosos ajenos de la guerra. El oportunismo no es oportuno ahora, mucho menos si lo que pretende es imponer una posición política por inofensiva que parezca a la situación actual.

Si preguntamos por la finalidad del arte, cualquier intento de conclusión está dispuesta al debate, pero no está demás pensar la funcionalidad de este en su tiempo y contexto. Cuestionarnos, por ejemplo, si la personalidad protagonista del artista complejo y controversial es lo que se necesita en un sistema cojo que pide superar tanto como superarse. Ya no se trata de quién genera las experiencias estéticas más “sublimes” y “extraterrenales” porque el escenario es la tierra misma, aquí y ahora, así como el destino es quieran o no, educar.

En nuestro país el mediatismo demagógico es más que evidente y ha cumplido eficazmente su papel de desinformar y arrancarnos de lo que pudo ser una historia autóctona. El arte, por lo tanto, no puede prolongar esa manera -también violenta- de utilizar el conflicto, con expresiones superfluas, vacías y mercantiles, con testimonios falsos, víctimas cosificadas y cartas anónimas sedientas de polémica. Mímica puesta sin una pizca de guerra, rostros que en sí son solo eso, sin dispositivo, sin conexión, sin nada que interese a quienes realmente construyen esta historia con los pedazos arrancados de sus cuerpos, de sus vidas y derechos.

Hacer del pasado colombiano un espectáculo o ver en él simples oportunidades de visibilizar un trabajo artístico es algo odioso, está cargado de los mismos intereses con los que las autoridades opresoras nos han dicho por años quienes somos y hacia dónde vamos. Los invito a lo que yo considero es asertivo: a pensar el arte como un vehículo, un instrumento, más no como una respuesta y presentar con humildad los relatos que se superponen sobre el horizonte colombiano y su difícil tierra.

Lo que se encuentra en partida y el compromiso que el artista debe seguir, si pretende inmiscuirse en este proceso que sigue en cimentación, es la reflexión ante todo, porque hasta ahora se ha convertido en una víctima de representar víctimas. El artista debe ser un agente de la memoria, en este instante se trata, creo yo, de decidir qué tipo de sociedad queremos ser a través de lo que esas vidas significaron.

Como citar:
Castaño, M. (2019). Víctimas de representar víctimas. Portal Error 19-13. Revista de arte contemporáneo. 1 (1). Recuperado de: https://portalerror1913.com/2019/07/20/victimas-de-representar-victimas/

Fecha de recibido: 15 de Julio de 2019 | Fecha de publicación: 20 de Julio de 2019

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